lunes, 22 de diciembre de 2014

Relato de Diego A. AYALA: TERAPIA

DIEGO A. AYALA


TERAPIA

-
Qué demonios te pasa, cómo diablos entraste.
- No lo sé.
- Por qué diablos no tocas antes de entrar.
El temblor en sus manos acompañaba el sudor constante de la adolescencia.
-Te ves bien.
- Se supone que tengo que decir algo.
- No lo sé, gracias tal vez.
- Eres un imbécil Warren.
- Gracias. Lo ves no es tan difícil – se miró las uñas y murmuró algo inentendible.
- Por qué no me dices qué diablos quieres.
- Follar
- Me estás jodiendo.
- No, pero espero hacerlo… pronto.
- Por qué demonios no te largas con tu maldito palo de tres centímetros.
- Eso no es necesario.
- Qué…
- No digas... no digas eso por favor - se tomó la cabeza, arañándose el cabello, el temblor y los guiños regresaron.
- Eso eres, eres un maldito imbécil con un palo de tres centímetros.
- Cállate, cállate, ¡cállate!
- O qué, qué vas a hacer pendejo.
- ¡Haz que las luces se vayan! ¡Por favor haz que las luces se vayan!
- ¿Qué?
- ¡Jarrón!
Se acercó, esclavo del sopor subrepticio, no era más que un chiquillo de dieciséis años con acné y horribles ojeras, pero la vida ya lo había lastimado de formas que ella nunca entendería. Sacó el puñal que tenía en los calzoncillos y le rebanó la garganta en un canto a la velocidad, la sangre de la enfermera que cobrara diez  por una chupada y veinte por una cogida manchó el mono blanco, se tomó la cabeza hundiendo las uñas en las sienes, el dolor volvía, cuánto dolor, hasta que los ojos ardan como canicas al rojo vivo y la cabeza palpite como motor fuera de borda, lo peor eran las luces, las luces que no se iban.
- ¡Haz que se vayan! ¡Ten piedad haz que se vayaaaan!
Salió pitado del área de descanso, resbaló con una de las bandejas que la enfermera cargaba antes de su encuentro y cayó de bruces lastimándose el puente de la nariz, la sangre amortiguó el poder de las luces y eso hizo que las pulsaciones y el temblor disminuya. Sin luces no hay dolor, sin luces no hay dolor.
- Si no veo las luces, no hay dolor, no duele si no veo las luces… -entonces las luces volvieron y así lo hizo el dolor.
Necesitaba ir al cuarto de terapias, él estaba en el cuarto de terapias, cielo santo cómo dolía, ardía como una patada en la membrana que separa los huevos, como un perro mordiéndole el pito. Dolía… -¡mucho! – gritó y se golpeó la cabeza contra la pared, el mundo oscureció, un velo de sangre bañó sus mejillas hasta el mentón, las luces perdieron intensidad. Atravesó  tanteando el pasillo, cuando las luces volvían, se lanzaba de cabeza a la pared. Ya no caminaba sino que arrastraba los pies, el mundo no era más ancho que un microscopio con marcos de sangre parpadeando mil veces por segundo. Con dedos contraídos en garras palpó las letras de la puerta.
- Doctor –balbuceó y se embistió la puerta.
Los goznes crujieron. El doctor esperaba sentado en su sillón de cuero, sonrisa en el rostro, la misma parsimonia de siempre.
- ¿Y bien? –preguntó-. ¿Las luces duelen tanto como para que tengas que acallarlas con golpes?
Sí, quiso decir el joven y lo único que salió de su boca fue: -ahg…
El doctor se quitó los anteojos.
- Pues acabemos con ellas.
Las luces se habían ido, ahora volvía la débil cordura, no era un homicida, era epiléptico y estaba en una casa de reposo y había… había tenido terapia de grupo con el doctor… un atisbo de luz bloqueaba el rostro del doctor, no podía pronunciar su nombre sin que esas jaquecas horribles, diez mil veces peores que las convulsiones regresen. Vio a la izquierda, Sombra de Dios estaba de pie y hacia malabares con algo que parecían dedos, miró a la derecha, Susy Suicidio lloraba y abrazaba una cabeza cercenada, en el centro del salón de terapias el doctor sonreía confiado, todavía con ese aire compasivo que casi te fuerza a creer ciegamente.
- ¿Dormiste bien? Preguntó el alienista.
No pudo contestar, las palabras no salían, no podían salir.
- Mueve la cabeza o asiente –dijo histriónico.
Asintió.
- Me alegra, estábamos esperando que despiertes, el grupo tiene cosas muy interesantes que compartir… -observó su listado de pacientes-. ¿Señorita Murray? Señorita Murray, le gustaría compartir.
Susy suicidio sacudió la cabeza.
- Oh, vamos, Suz, Suz, ¡Suz! Mírame cuando te hablo, sé buena niña y dinos cómo estuvo tú día.
Los labios de Susy temblaron, la chica gimoteó.
- Shh… Suz, tranquila, estás en un lugar de paz, ¿Por qué no nos hablas de tu muñeco?
Los ojos de la chica se llenaron de terror, luego de una alegría infantil y estúpida.
- Se… llama Tim… es un muñeco sucio, sucio y travieso.
- ¿Ah sí? Y ¿Por qué es un muñeco sucio y travieso?
La chica agachó la cabeza y dijo en susurros:
- Porque… hace cosas malas.
- ¿Qué clase de cosas malas?
- El… - Susy miró insegura de darse a entender, se mordió el labio inferior y sonrió-. Él se baja los pantalones y nos hace besar su pipi.
Cassy alcohólica gimió en algún lugar.
- Oh… eso no está bien, en serio Tim hace esas cosas.
Susy asintió.
- ¿Y tú lo has visto?
La chica volvió a asentir.
- Y… alguna vez te hizo… besarle el pipi, Tim me refiero.
La chica hundió el rostro en sus pechos de limón y sollozó, al cabo de un rato asintió.
- ¿A qué te supo? Preguntó el especialista.
La chica estalló en un llanto enfermizo, levantó las manos con las palmas abiertas y todos pudieron ver las cicatrices perpendiculares en sus muñecas.
- Responde con una palabra Suz, ¿A qué te supo el pipi de Tim cuando lo chupaste? Más bien cuando te hizo chupárselo.
- A… a… a ¡a orina! –chilló frenética, las ruinas de lo que alguna vez fue una adolescente ni más ni menos especial que cualquier otra adolescente se contrajeron en un rictus horrorizado, lastimero y repugnante a la vez.
- Está bien Suz, gracias por compartir –el psiquiatra chasqueó los dedos y el rostro de la chica ensombreció-. Ahora, es turno del señor Stanley. Señor Stanley quiere hablarnos sobre su altercado con los adictos del piso superior.
- Sombra de Dios.
- No, no señor Stanley, según mis papeles su nombre es Eddie Stanley.
- Sombra de Dios.
- No lo llamaré así señor Stanley.
- ¡Sombra de Dios! ¡Sombra de Dios! ¡Sombra de Dios! chilló el enajenado.
- Está bien, está bien… Sombra de Dios –por primera vez desde que conocía al doctor el chico lo vio irritado-. ¿Quiere contarnos que sucedió con los pacientes del piso superior?
- Me molestan –respondió lóbrego Sombra de Dios.
- ¿Cómo?
- Me golpean y… y dicen… dicen que soy… bobo y… y se lanzan gases en mi rostro cuando me agacho a recoger mis crayones, son… son unos t-t-tontos.
- Ya veo, pero ya no te van a molestar, o no Sombra de Dios.
El enajenado sonrió haciendo de sus facciones una mueca siniestra.
- No… ya no, doctor… ya no… n-n-nunca más. Levantó uno de los miembros cercenados.
El doctor recuperó la compostura y lanzó una carcajada que sonó al canto de los somorgujos.
- Me alegra mucho señor Stanley… perdón Sombra de Dios.
El enajenado rió y relinchó.
- Ahora, veamos que nos cuenta la señora Walters.
Cassy alcohólica gimoteó y sufrió un colapso nervioso, el doctor tuvo que chasquear los dedos para devolverla a las luces.
- Por qué no continuamos con usted señor Hart… ¿usted tiene un problema? Cierto.
El chico, se miró las manos, cubiertas en tierra y grumos de sangre seca, recordó que una de las cosas que más le costó confesar al grupo de apoyo fue que no se sentía capaz de complacer a una mujer.
- Sí.
- Y si no me equivoco, es un problema que involucra a una de nuestras enfermeras… -ojeó sus papeles–, la que ustedes tan jocosamente han bautizado como la enfermera zorra.
Asintió.
- ¿Es esta la enfermera que cobra por practicarles felación?
Tres de los cinco hombres del grupo asintieron.
- Y bien… ¿qué pasó?
Así que el chico le contó como solucionó el problema, a mitad de la historia el especialista se puso de pie, se acercó y le acarició la cabeza.
- Bien, muy bien mi jarrón. –dijo el psiquiatra y ese enloquecedor brillo volvió a sus ojos.
Cuando el chico terminó su historia, el doctor los miró a todos con la expresión de un padre orgulloso.
- Estoy eufórico mis jarrones, ¿Por qué los llamo jarrones? -Preguntó cómo el maestro que sabe que toda la clase sabe la respuesta.
- ¡Porque estamos vacíos! – espondieron al unísono, hasta los que estaban sumidos en los pozos sin brillo de la hipnosis.
- Así es… por eso los lleno y cuando tienen un problema los ayudo a solucionarlos, ¿no es así mis jarrones?
- ¡Sí! – respondieron al unísono los ocho pacientes y en sus rostros había devoción, amor e infinita confianza que el doctor los curaría, los curaría con su infinita sabiduría.


NOTA.- Este relato no fue incluido en el número 27 de "Pluma y Tintero" (de próxima aparición), porque llegó a destiempo y ya no era posible el añadirlo. 

Pueden consultar la biografía del autor picando sobre su foto, o directamente sobre el siguiente enlace:
Ayala, Diego.





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